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ULTIMOS ACOSOS CONTRA LOS CATAROS

HISTORIA DE LOS CÁTAROS: LA PERSECUCION DE LOS CATAROS

ULTIMOS ACOSOS CONTRA LOS CATAROS

Los cátaros como tantos otras herejías fueron perseguidos, pero con mas ahinco por el gran peligro que suponía hacia sus perseguidores.

Entre la derrota del castillo de Montsegur, y la caída última de Quéribus, se puede decir con certeza que el catarismo es definitivamente erradicado del Languedoc, en donde la cruzada contra ellos ha cumplido sobradamente, junto con el rey de Francia, el peligro que les suponía un posible cisma de una herejía, desperdigando a sus componentes principales, y sobre todo alejando de los cataros el poder tanto político, religioso y cultural de toda Occitania, que de tal manera consiguieron definitivamente, todo el dominio de Francia en las únicas manos de la realeza francesa.

Aun así los cataros opusieron una resistencia pasiva, exacerbando el odio inquisitorial sobre ellos, llegando a contratar a un individuo especializado llamado Bernard, apodado el “Espinasser”, el cual se dedicaba a perseguir a los cataros que se escondían en las laderas de las montañas, tras los matorrales y espinos, logrando muchas capturas entregándolos a la Inquisición. Cuenta la leyenda que un vez muerto el traidor “Espinasser” su esqueleto sigue colgado en la luna.

Los dominicos también participaron en la caza del cataro, utilizando perros rastreadores, con una gran eficacia, aun así se afianzaron en sus creencias volviendo a los principios albigenses de su doctrina con más fuerza. Pasados unos años tras la relajación de estas persecuciones, muchos cataros que habían atravesado los Pirineos, volvieron de España instalándose en las cuevas de las montañas, donde encontraron fuentes e incluso terrenos que dedicaron al cultivo para su sustento.

Dándose el caso de un último cataro llamado Pierre Authier nacido en el castillo de Montsegur, y emigrado Lombardía, volvió de Italia a los cuatro años, decidido a establecerse en el condado de Foix y revitalizar el catarismo, con la pretensión de enfrentarse a la iglesia romana, sueño que naturalmente nunca pudo llevar a cabo. No obstante se dedicó a predicar, tanto en las cavernas, como en los castillos y hacia los burgueses, recorriendo todo el país, escapando astutamente cuando era perseguido por la policía de la Inquisición, ejerciendo una labor encomiable, tanto es así que incluso fue organizando poco a poco columnas cataras, restableciéndose el “consolamentum”, ejerciendo un clima de misticismo, por todos aquellos que oyendo hablar de los mártires cataros consumidos en las hogueras cantando alabanzas, lo que provocó en muchas gentes un cierto afán de martirio, al igual ocurrido con los primeros cristianos. Authier predicó ampliamente el resurgir, ya olvidado, de la “endura” entre sus miembros.

Por otra parte hubo un intento de acabar con los delatores y traidores a la causa, matando a muchos de ellos en secreto. Por lo que la Inquisición, volvió a activar a sus espías, introduciendo soldados y policías en todas las zonas sospechosas de la existencia de cataros, deteniendo a personas indiscriminadamente para interrogarlos, de los cuales arrancaron delaciones y nombres concretos de cataros, por miedo a ser encarcelados o muertos.

Como siempre la maquinaria inquisitorial dio sus frutos, deteniendo a Pierre Authier, en dos ocasiones, escapando de la prisión, pero en la tercera captura, los guardianes se aseguraron de frustrar su huida, cubriéndole de cadenas, y junto con ellas trasladado y atado al poste de la hoguera, donde fue quemado en una noche del año 1311, tan solo a diez años de morir en la pira a Guillaume Bélibaste, el último perfecto conocido.

Estos acontecimientos precipitaron la desbandada de los cataros, ya que la Inquisición tenía al parecer el don de la ubicuidad, haciendo imposible zafarse de los mismos, contribuyendo a crear un clima de terror, debido a las persecuciones y ajusticiamientos de los Templarios, o bien los pogromos organizados contra los judíos en toda Francia.

Lamentando amargamente este final de los cataros, nos ha quedado una poesía de Lenau, que dice:

Existe el el bosque una cueva, honda y silenciosa, / a la que no llegan los rayos del sol ni el soplo del viento, / a donde se arrastra la bestia vieja y agotada / cuando quiere morir, oculta, en las tinieblas. / Tal vez habría que aprender más de los estertores angustiosos / de un animal que de las estrellas...