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TRAS LA DERROTA DE MURET

HISTORIA DE LOS CÁTAROS: CRUZADA CONTRA LOS CATAROS

TRAS LA DERROTA DE MURET

Pocas veces en la historia de la humanidad se ha organizado una cruzada tan sanguinaria y cruel, como la sufrida por los cátaros

Sabemos que la Batalla de Muret resultó una gran victoria para los cruzados que combatían contra los cataros. Así como el principio del fin de la hegemonía del Languedoc sobre las tierras occitanas del sur de Francia, sobre las cuales quisieron estas gentes obtener una amplia autonomía, que el gobierno central de Felipe II Augusto, junto con el papa Inocencio III, no consintieron se cumplieran los anhelos de este pueblo. No tanto por el motivo religioso, que si bien fue determinante, como lo fuera por cuestiones políticas y el afán de reunir todo el territorio francés bajo un mismo cetro.

Resultó una ocasión magnífica, desperdiciada por el rey de Aragón Pedro II el Católico, el cual ansiaba la dominación catalana transpirenaica, en un principio heredada por lazos familiares y también a tenor de conquistas territoriales.

Pedro II el Católico, hijo de Alfonso II de Aragón, hereda el Condado de Barcelona, y el expansionismo hacia las tierras del Garona por parte de su padre. Pedro II se casa con María de Montpellier, con lo que se hace señor de este territorio occitano. Aun siendo Pedro el Católico profeso en la religión católica, a más del renombre en la participación de la Batalla de las Navas de Tolosa contra los árabes en el año 1212, decide defender por vinculación hacia sus vasallos, la ciudad de Tolosa, firme bastión de los cataros.

El oponente de Pedro II es el furibundo anticataro Simón de Montfort, cuyos éxitos guerreros le preceden, aun así sus fuerzas son muy inferiores a las del rey, pero mucho mas disciplinadas y preparadas para la batalla, por lo que Pedro II, se confió demasiado en sus huestes, entrando en liza muy desordenadamente, contra los cruzados católicos.

Simón de Montfort, atacó a su oponente con la fuerza de un huracán, destrozando al enemigo y poniéndolo en fuga con su caballería, acabando de rematar a los cataros por las bien preparadas fuerzas de la infantería, cayendo como un torbellino sobre el desperdigado y aterrorizado ejército cataro, matando a placer con la casi nula respuesta armada de sus oponentes, dejando el campo sembrado de cadáveres.

En contra de la estrategia normal de Pedro el Católico, quiso en un celo de valentía y arrojo, marchar al frente de sus soldados, sin contar que posiblemente le tenían preparada una trampa para eliminarlo rápidamente, disponiendo los cruzados un destacamento bien entrenado para rodearlo, hasta dar muerte a su caballo tras lo cual fue abatido. Las tropas del rey al enterarse de lo ocurrido abandonan armas y pertrechos a la carrera.

Simón de Montfort, al saber de la muerte del rey Pedro II, tiene un gesto de caballerosidad, decidiendo buscar su cuerpo en el lugar que ha caído, pero se encuentra en una desolada zona donde permanecen los cadáveres de numerosos soldados y caballeros, completamente desnudos, cosa normal en todas las guerras medievales, puesto que tras una batalla, tanto la soldadesca como los no combatientes, se dedicaban en despojar a los muertos arrebatándoles sus armas y todo tipo de vestimentas a modo de botín de guerra. Aun ante la dificultad de ello, se dedica junto con varios de sus oficiales, a ir averiguando en cada uno de los caídos hasta encontrar al rey aragonés, Simón de Montfort con la ayuda de sus hombres logra a identificar a Pedro II, y con la frase “me sabe mal”, recoge sus restos y con todo honor los entrega a manos de los frailes hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalem.

La derrota de Muret se debió a varios factores, como pudieran ser, las desavenencias de Ramón VI con el rey Pedro en la preparación del combate, el descuido en la organización del mismo, al igual que la excesiva confianza de su gran superioridad numérica. La traducción de todo ello fue la pérdida inútil de muchas vidas, y el definitivo abandono de la aventura transpirenaica, confiada por los antecesores del rey aragonés, cuyos sucesores no tuvieron mas remedio que replegarse a los territorios estrictamente de Cataluña, e iniciar la expansión mediterránea, tanto guerrera como comercial.