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LA BURGUESIA CATARA

HISTORIA DE LOS CÁTAROS: VIDA Y COSTUMBRES DE LOS CATAROS

LA BURGUESIA CATARA

Ya al término del siglo XIII, cuando es casi aniquilado el movimiento cataro, surge un periodo de cierta bonanza hacia los cataros, aun a pesar de inmiscuirse la política entre ellos, en donde toman un mayor partido los burgueses, principalmente en la ciudad de Carcassone, pasando de la lucha armada, al poder político, donde la Inquisición ya no es la fuerza preponderante de antaño.

Aunque la burguesía tuvo desde el principio de la cruzada contra los cataros, pensamientos anticlericales, como anti inquisitoriales, se inclinó en los finales de esos turbulentos tiempos, por la doctrina catara rechazando los burgueses el sentido financiero (contrario a ellos) del Vaticano, mas aun, en cuanto que este apoyaba la política jacobina de Francia.

Era precisamente la ciudad de Carcassone, la representante principal de la clandestinidad herética de los cataros, que se afianzaba principalmente entre la burguesía, en donde a escondidas, de la siempre vigilante Inquisición, se reunían en “circa noctem” (a la caída de la noche) a fin de recibir el consolamiento de los moribundos o de las gentes que deseaban obtener esa gracia catara. Personajes importantes como el clérigo Blazy, el notario Paul Floris, o el rico carnicero Perre Gary, entre muchos otros.

El resultado de esta clandestinidad fue de carácter conspiratorio, precisamente representados por gente culta, lo contrario a los católicos, estos nuevos cataros burgueses eran la flor y nata de la sociedad, abogados, notarios, médicos, incluso militares, englobando a numerosos clérigos, como los párrocos de Ilhes, de Pennautier, de Villardonnel, el vicario diácono de Caunes, un monje de la Abadía de Sans Morlane, y tantos otros que se unieron a la nobleza catara, citando entre ellos a la Dama de Sallès-Cabardès, Dama Jordana, hija de Jourdain de Saissac, o bien los “franceses” del Castillo de Cabaret.

En una fecha no precisada del año 1285, los cónsules se reúnen en la casa del oficial diocesano Guillaume Brunet, en donde ante una numerosa asistencia, deben tratar de asuntos tan importantes, como el hecho de que la Inquisición, mantenía una larga lista de todos aquellos personajes que habían abrazado la causa de los cataros. Estaban dispuestos a conseguir tan preciada relación, proponiendo al hereje relapso Lagarrigue, antiguo perfecto, realizara la sustracción del referido documento, aprovechando que éste se había pasado al lado de los católicos, cosa por otro lado normal en la Edad Media, que por diversas razones existía gente proclive hacia el lado opuesto a sus primitivas creencias.

Propusieron para tan peligrosa gestión a un pariente de Lagarrigue llamado Arnau Matha, que además era su amigo, intentándole convencer en volver a sus creencias cataras, y aprovechando ser el hombre de confianza del inquisidor de Carcassone, para que tuviese a bien apoderarse de la tan temida lista. Fueron muchas veces por las que los cónsules y el mismo Matha, quisieron convencer a Lagarrigue para sus fines, hasta que tras renovados esfuerzos lograron persuadirle de ello, Lagarrigue pidió cien libras con el fin de poder corromper al notario de la Inquisición; le fue dada dicha cantidad, pero reclamó otras cien libras, para dárselas al funcionario, una vez en su poder la relación pedida por los cónsules.

El fin primordial de los cónsules en el apoderamiento del referido inventario, era a parte de proceder a su destrucción, tener una base firme en la elaboración de una serie de apelaciones que presentarían ante Roma, y de esta forma dejar sin efecto las acusaciones de que eran objeto los cataros de Carcassone, apoyándose en Derecho.

Pero a la hora de encomendar al anónimo notario la sustracción de los registros de la Inquisición, este se encontraba de viaje, por lo que hubo que recurrir al substituto del mismo, que resultó ser analfabeto, siendo designado al Maestre Bernat Agasse, fiel seguidor del catarismo, para ayudar a encontrar los documentos en litigio.

Se supone que Lagarrigue, por temor a ser condenado a muerte, informó a los inquisidores Jean Galand y Vigorous sobre los propósitos de los cónsules, dando al traste con la paciente trama en conseguir el anhelado documento. A pesar de todo ello no hubo gran represión sobre los cataros, permitiendo a los burgueses seguir con sus gestiones jurídicas, procurando, eso si, no hacer ninguna alusión sobre la herejía catara.