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INQUISICION COMO ARMA LEGAL

HISTORIA DE LOS CÁTAROS: LA PERSECUCION DE LOS CATAROS

INQUISICION COMO ARMA LEGAL

Los cátaros como tantos otras herejías fueron perseguidos, pero con mas ahinco por el gran peligro que suponía hacia sus perseguidores.

Los historiadores actuales discrepan sobre el nacimiento de la
Inquisición del siglo XIII, así como si realmente la orden de los dominicos, fue precisamente la que tomó iniciativa sobre la denostada institución. Los mismos dominicos, publicaron un comunicado con el titulo “La Inquisición, Santo Domingo y los dominicos”, como para sacudirse, en lo posible, la mala fama que esta orden ha suscitado en todos los tiempos.

La Inquisición es un procedimiento jurídico, para poder juzgar, los crímenes, que a su juicio cometían las personas, con el poder de castigar al culpable, por lo que la mentalidad de la época medieval y hasta bien entrado el siglo XVIII, todo aquel oponente a la ortodoxia, tanto por parte de los católicos como de las diferentes, comunidades surgidas de la Reforma, era considerado hereje y por lo tanto un criminal, al cual se le debía aplicar duros castigos, e incluso la pena capital mas ignominiosa, y cruel. El pueblo llano compartía la misma opinión, por lo que generalmente coreaba, tanto el castigo infligido como las ejecuciones, eran públicas. En la actualidad no cabe en ninguna mentalidad tales procedimientos ni acusaciones.

Carlomagno ya en el siglo IX, tenía muy claro el concepto de rebelarse contra la fe, era ir contra Dios y el príncipe, incluso creó una sociedad secreta llamada “La Santa Veemé”, por la cual unos emisarios especiales se introducían en todos los ambientes a fin de detectar “enemigos de la cristiandad”, hasta el extremo de que, en ocasiones, el secreto de confesión era vulnerado para descubrir al pecador, siendo esta una forma embrionaria de inquisición.

Posteriormente el papa Lucio III (1181-1185) y el emperador Federico I Barba-roja (122-1190), se reúnen en Verona el año 1184, para tratar sobre las herejías y contra los autores de estas, los cataros. Aun se afianza el concepto herético en el año 1199 con el papa Inocencio III (1198-1216), conceptuándola como crimen de lesa majestad del derecho romano, siguiendo la escalada legal del Santo Oficio, el papa Gregorio IX (1227-1241), da forma definitiva al Tribunal de la Inquisición en el año 1231.

Pero quien verdaderamente pone en marcha de una forma eficaz la Inquisición, es el papa Inocencio III, furibundo enemigo de los cataros, a los cuales decide combatir a toda costa, con ayuda del rey Felipe II Augusto de Francia (1165-1223)

Los cataros ya empezaron a ser un problema serio, tanto para la Iglesia como para el rey de Francia, el primero por los nulos esfuerzos en erradicar la herejía, donde el dominico Domingo de Guzmán, fracasó en el empeño de sus prédicas a los cataros, para regresar al redil, con evidente peligro para los católicos, que veían tambalear su estatus quo, el segundo por ver poco a poco disminuida su influencia política hacia un Languedoc, que aspiraba a una independencia del resto de Francia, y donde los cataros tenían una clara influencia, por la cantidad y calidad de sus adeptos.

Inocencio III, decide terminar con los cataros para lo cual se crea la cruzada, con la ayuda primero de Arnau Amalric y después Simón de Monfort, avalados por el rey de Francia, que ayuda con dinero la constitución de un poderoso ejército. Estas tropas de cruzados, realizan un contundente trabajo de muerte y destrucción salvaje, no obstante el trabajo de zapa de los Buenos Hombres cataros, sigue hacia delante, entre la gente sencilla y gran parte de la nobleza del Languedoc. Inocencio III, decide poner en movimiento el rodillo implacable de la Inquisición, esta decisión deja muy debilitados a los cataros, pero con ello no se logra la extinción total de la herejía catara, por lo que el papa Gregorio IX crea el Concilio de Tolosa, donde se constituyen 45 capítulos de la Inquisición. De todas estas decretales, cabe destacar los siguientes: 1- En cada parroquia se crea una comisión compuesta por un clérigo y dos o tres laicos, que deberán explorar los escondrijos de los herejes los cuales serán denunciados al obispo o al señor del lugar. 3- Los señores deberán investigar a los herejes. 4- Quien permita permanecer en su tierra a un hereje, sus tierras serán confiscadas y éste entregado al brazo secular. 6- La casa en donde se haya encontrado a un hereje, será destruida. 10- Los herejes que hayan adjurado de su herejía, se les imponía obligatoriamente dos señales en forma de cruz, a izquierda y derecha, bien visibles, sin que por ellas mismas puedan servir de justificación, por lo que deberán ir acompañadas por un certificado de reconciliación espedidas por el obispo del lugar.

El papa confía a los dominicos de Tolosa la persecución inquisitorial de todo el Languedoc, de donde recibirán ayudas de los prelados, promulgados sendos concilios de Besiers en el año 1233 y de Arle el 1234.

Las persecuciones de la Inquisición hacia los cataros, son especialmente implacables, los cuerpos de los fallecidos sospechosos de herejía son exhumados, paseados con escarnio por las calles del lugar y finalmente quemados en una hoguera, final que se reservaba también a los vivos, en Moissac fueron condenados al fuego 210 herejes cataros, creando en la región un ambiente de terror. En la ciudad de Tolosa, bajo el control de Ramón VII, comienza una serie de procesos inquisitoriales, tanto a difuntos como a los vivos, quemándolos todos juntos en las mismas hogueras.

La Inquisición cuando tenia conocimiento de un hereje por la denuncia anónima, era secreta y sin conocimiento del encausado, éste era citado por el rector del pueblo, si no se presentaban automáticamente era excomulgado provisionalmente, que pasaba a ser definitiva al término de un año. Normalmente el sospechoso, era estrechamente vigilado, acabando normalmente en su aprehensión, a partir de ese momento el supuesto hereje ingresaba en prisión. Una vez apresado el hereje pasaba a disposición de un tribunal, se le leían los cargos contra él, sin la presencia de su acusador, y sin derecho a ningún testimonio de descargo.

Tan solo se le permitía la asistencia de un abogado, el cual preguntaba al reo si sabía o conocía de alguna persona, con la cual hubiera tenido algún problema grave, que le pudiera incriminar sobre lo que la inquisición le acusaba. El hereje debía recordar alguna prueba acusatoria de su supuesto denunciante, que seria investigada, dejándole tres o cuatro días, para darle tiempo en recordar a esa persona, única posibilidad que le ofrecía su abogado, de lo contrario, su alegato se limitaba a sus propias palabras. Por lo tanto sin ninguna otra clase de defensa. Si el acusado no reconocía su crimen de herejía, los inquisidores lo entregaban a los verdugos, que no eran clérigos, utilizando toda clase de instrumentos coercitivos, hasta que el pobre hereje sucumbía, ya que la tortura era un derecho completamente legal, aunque las bulas papales prohibían explícitamente causar la muerte del reo, o su mutilación.

Los torturadores, tenían su propio código deontológico, una especie de lo que hoy se conoce como “protocolo”, el primer lugar iban desnudando al acusado, mostrándole uno a uno los suplicios a que iban a ser sometido, si ello no surtía efecto, empezaban con un castigo relativamente leve, la flagelación, con sus consabidas pausas a fin de escuchar la posible confesión del hereje, la tortura no debía extenderse mas allá de media hora, reanudándose al día siguiente. Los instrumentos de tortura eran diversos, estiramiento de miembros, aplicación de hierros incandescentes y, muchas otras mas. Tras toda esta teatral como terrorífica parafernalia, los inquisidores, estiraban al acusado sobre una tabla, para que todos lo pudieran ver, se le exponía el resultado de los interrogatorios, y la sentencia que naturalmente era pública, se leía un sermón delante de la iglesia, con estudiadas pausas, por si el reo cambiaba de parecer. Finalmente se leía la sentencia publica y solemnemente, que podían ser de tres clases según los “crímenes” del hereje; Confiscación de bienes, únicamente, o bien acompañados por prisión perpetua, a los condenados en rebeldía, los bienes se les confiscaban a sus familias; Y por último, l