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CREANDO UN MARTIR EN CONTRA DE LOS CATAROS

HISTORIA DE LOS CÁTAROS: LA PERSECUCION DE LOS CATAROS

CREANDO UN MARTIR EN CONTRA DE LOS CATAROS

Los cátaros como tantos otras herejías fueron perseguidos, pero con mas ahinco por el gran peligro que suponía hacia sus perseguidores.

Sabida es la fuerte discrepancia, que sostuvieron Ramón VI Trencavel, conde de Toulouse (Tolosa), y el papa Inocencio III, en cuanto a la cuestión de la herejía cátara.

Ramón VI, aun viniendo de una familia con fuerte raigambre católica, y siendo él mismo de igual confesión, tenía una gran inclinación hacia la causa cátara, que veía justa en todo lo que esta predicaba. Por tal motivo Inocencio III envió una carta por medio de su legado papal Pierre Castelnau a Ramón VI, y aun a pesar de esta dura misiva, el legado papal creía poder convencer al conde de Toulouse el abandono de la causa cátara y se aviniese a la razón católica, fracasando en ello.

La tal carta del papa, era una fuerte diatriba contra las ideas de Ramón VI, que entre otras muchas exquisiteces e insultos epistolares se encuentran las frases: ¿Qué insano orgullo ha podido dominar tu corazón, leproso? También esta otra: ¡!Échate a temblar, ateo, pues serás castigado por tus actos ¡! Otra más “Para humillar a toda la cristiandad, has concedido cargos públicos a los judíos” o “Nos te advertimos que la cólera del Señor no se parará ahí. ¡Serás aniquilado!.

Quiso el legado papal Castelnau, poner su granito de arena a fin de doblegar a quien defendía a los cátaros, urdiendo un nefasto plan, consistente en mostrar documentos comprados por el mismo legado papal y sus secuaces, mostrándolo a varios propietarios de Provenza, con el propósito de enfrentarlos mutuamente, aun así gritó ante Ramón VI, “ ¡!Ninguna tierra ya os pertenece, y todo aquel que os arrebatara alguna de ellas, será apoyado por la Iglesia, y si alguien os matara, yo mismo lo bendeciría ¡!.

Ante todo esta cascada de insultos, reproches y mentiras, Ramón VI temió por el destino del condado de Toulouse y sus gentes, por lo que lleno de rabia, tuvo que firmar un documento de sumisión al papa.

Ocurrió que el legado papal Pierre Castelnau estando junto a la rivera del río Ródano en Saint-Gilles, aguardando la barca que lo traspasase de orilla, un desconocido jinete pasó junto a él, atravesándolo con una lanza y desapareciendo seguidamente.

Sin saberse si el asesinato lo perpetró, bien un servidor del conde de Toulouse, un cátaro, o un sicario pagado por Roma, la cuestión es que fue la excusa perfecta para hacer responsable de esa muerte a Ramón VI, propiciando por ello una buena razón de Inocencio III, a fin de comenzar una cruzada contra los cátaros.

Inocencio III vio la ocasión por este luctuoso acontecimiento crear en la persona del legado papal Castelnau, un mártir para la causa de la Iglesia, ya que al cabo de un año fue desenterrado el cadáver de Pierre Castelnau, encontrándoselo incorrupto, beatificándosele inmediatamente, en una espectacular ceremonia, propalando a la vez que, el conde Ramón VI se había paseado impunemente por la región como un héroe, al mismo tiempo que después de matar al legado papal, el conde lo descuartizó convirtiéndolo en papilla con un crucifijo de metal.

Toda esta historia era un mal presagio para los cátaros, ya que los cristianos se indignaron ante tales noticias, viendo la ocasión de escribir una carta Inocencio III a los principales personajes de Francia en contra del conde de Toulouse y los cátaros, con encendidos cánticos por “La causa justa y en nombre del Espíritu Santo” autorizando a cualquier católico la persecución del asesino y la posesión de sus tierras ¡!Marchad cumplir esta empresa, guerreros de Cristo ¡!, (entre otras soflamas). Por lo que habiendo nombrado nuevo legado papal en Arnaud Amalric, este se dispuso en la organización de una cruzada contra los cátaros, uniéndose a ella muchos obispos, sacerdotes y fanáticos cistercienses. Con todo esto en infinidad de iglesias se hicieron sermones incendiarios para soliviantar a las masas.

El Vaticano publicó una de las cartas de Inocencio III, dirigida a los fieles, conteniendo frases como esta; ¡!Nos os llamamos para un servicio al Señor, que va a permitiros ganar el reino de los cielos!! O bien ¡!Id a combatir a los precursores del Anticristo ¡!.

Viendo Ramón VI el tremendo cariz en que todo aquello se iba transformando, tanto para si mismo como para con los cátaros, quiso obtener un pacto con el papa, el cual nombró a Amalric “generalísimo” eligiendo un nuevo legado llamado Milton, Ramón VI dirigiéndose a este para concertar dicho pacto, ya que no se fiaba de Amalric a causa de su conocida crueldad, sin saber que el legado Milton era portador de una carta de Inocencio III, el cual le conminaba a retractarse de su acercamiento y permisividad hacia los cátaros, en la obligación de cumplir la penitencia que le fuera impuesta, tras lo cual sería arrojado fuera de sus tierras como a todos sus cómplices.

Ramón VI, viendo la cantidad de tropas de cruzados apostados ante Toulouse, con toda clase de ingenios bélicos para asaltarla, viendo la terrible perspectiva que le caía encima, aceptó en sufrir penitencia. El conde de Toulouse, con el torso desnudo, portando una vela encendida en su mano derecha y con un lazo rodeándole el cuello, fue arrastrado hasta el atrio del templo católico de Saint-Guilles, en donde le aguardaban tres arzobispos, veinte obispos, más de cien soldados católicos, acompañado además de una gran cantidad de sus súbditos en completo silencio.

La escena era de un impresionante dramatismo, en donde se iba a humillar a un defensor de los cátaros, el legado Milton con parsimoniosa teatralidad, le propinó treinta azotes con la mano izquierda, al mismo tiempo que con la derecha le absolvía, toda la jerarquía eclesiástica cruzaban miradas de complacencia.

Ramón VI ensangrentado tras el castigo y ante la sorpresa de todos los presentes, dirigió las siguientes palabras: “Eminencia, deseo que me aceptéis como cruzado en vuestra empresa contra los herejes cátaros”. Con ello implicaba que no podía ser desterrado ni desposeído de sus tierras, teniéndole que permitir siendo conde de Toulouse e independiente de Francia.

Un atónito Inocencio III, tuvo que encajar el gesto del conde Ramón VI, y con suma hipocresía contenida, ordenar que se respetasen sus términos. No obstante ordenó que fuese vigilado en el cumplimiento de la declaración del conde, simulando lealtad hacia él, en la espera de que Ramón VI cometiera algún error y por descontado ordenaba la continuación de la operación militar contra los cátaros