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APELACIONES DE LOS CATAROS CONTRA LA INQUISICION

HISTORIA DE LOS CÁTAROS: LA PERSECUCION DE LOS CATAROS

APELACIONES DE LOS CATAROS CONTRA LA INQUISICION

Los cátaros como tantos otras herejías fueron perseguidos, pero con mas ahinco por el gran peligro que suponía hacia sus perseguidores.

Como ya hemos hablado anteriormente de los cónsules de Carcassona, simpatizantes hacia la causa catara, dándose como ya se ha dicho refiriéndonos a sus posiciones financieras, contrapuestas al papado, y habida cuenta de una revitalización del celo inquisitorial en la persecución de la herejía catara, fue generalizándose una pugna entre los próceres de Carcassona y la Inquisición.

Entre los moradores de la ciudad de Carcassona existía nuevamente una gran desazón, así como una creciente animadversión contra los inquisidores, ya que estos volvieron por sus fueros, en una sistemática persecución contra los ciudadanos, que en un principio no eran sospechosos de herejía, pero los cuales eran detenidos indiscriminadamente , sin una causa justificada, encarcelados, y encadenados en mazmorras de pésimas condiciones, e incluso forzándolos en terribles torturas, para hacerles confesar, alguna implicación en la causa catara, o bien denunciaran a sus vecinos bajo la acusación de herejía, aun a sabiendas de su militancia católica. Pretendía la Inquisición hacer ver a los encarcelados la conveniencia de su delación, para de esta manera fuera mas leve su condena; A la Inquisición no le importaban los métodos justificando estos en la conveniencia de hacer surgir de sus madrigueras a los cataros, atemorizando a las simpatías que aun suscitaban, tanto hacia población normal como los burgueses, que parecían tener tratos de favor hacia ellos.

Los burgueses ante el cariz que iba tomando la situación, invitó a la población para reunirse en el claustro de los inquisidores, y en presencia del inquisidor Jean Galand fue leída por Vézian una violenta apelación, dirigida al papa en contra de este personaje. Ello produjo una animadversión generalizada hacia los inquisidores y los dominicos, además de un malestar popular, produciéndose en Carcassona una fuerte emigración de sus habitantes, cosa que a los burgueses no les convenía por motivo de sus negocios.

La apelación de los burgueses dirigida contra Jean Galand, propiciada por los cataros, y también por las gentes muy descontentas por la fiereza inquisitorial desatada, estos alegaban que la despoblación de Carcassona produciría grandes males para su desarrollo, ayudados por la ortodoxia intransigente de la Inquisición, apelando a la caridad, y al buen entendimiento del papa, para lo cual se pedía su intervención y comprensión a fin de que exhortara a los obispos la potestad necesaria, a fin de poner a los dominicos fuera del alcance inquisitorial, a que era sometida gran parte del pueblo de Carcassona.

El papa Honorio IV (1285-1287) se alarmó por las noticias revolucionarias, haciendo caso omiso de las requisitorias llegadas desde Carcassona, por lo que ordenó detener a toda persona que pusiera inconvenientes a los inquisidores, e incluso enviando a varios de ellos a la hoguera.

La Inquisición a pesar de las presiones burguesas, no cedía en sus pretensiones en acabar de una vez por todas con la herejía catara, intensificándose su persecución, viendo que el movimiento anti inquisitorial no cedía.

La revolución de los cataros se fue extendiendo por las ciudades de Castres, Cordes, Limoux, Albí y otras tantas, por lo que el rey de Francia, Felipe el Atrevido, quiso tomar cartas en el conflicto, viendo que muchos de sus súbditos iban abandonando el territorio francés, fuera del alcance de su soberanía, gran inconveniente hacia su política contrista, y ante las repetidas protestas de los burgueses de Carcassona, el rey Felipe optó por ir enviando anualmente investigadores a todo el Languedoc.

El alcalde de Carcassona, en el año 1291, recibió la orden regia de no encarcelar a nadie promovido por la Inquisición, a no ser de algún hereje muy notorio, incluso el rey Felipe de Francia, ordenó también que los sospechosos de herejía catara señalados por la Inquisición, pasaran a ser juzgados por “hombres capaces”, los cual satisfizo a los burgueses, que de esta manera pasaban de puntillas ante los católicos, a cuenta de no profundizar demasiado en sus creencias cataras, y de esta manera salvar sus intereses mercantiles.

Según lo dicho por Jean Guiraud, el rey no suprimía la Inquisición, sino que todos los casos presentados por ella, fueran tomados en consideración por los legisladores a la hora de emitir un veredicto.

Todas estos movimientos de unos y otros en favor de la clase alta con claras implicaciones hacia los cataros, por los que tenían gran admiración y simpatía mutua, sobre todo hacia los hombres buenos, sin impedirles de ninguna manera, seguir ejerciendo sus transacciones comerciales. La Inquisición no obstante siguió vigilando y persiguiendo a todo hereje que se les pusiera en su camino, hasta lograr en años posteriores dejar a los cataros en un colectivo residual, cuyos ritos y prédicas volvían a las catacumbas del olvido.